AL VUELO/ Petrocerdos

Por Pegaso​

Corría el año de 1982. Era el mes de junio.​

Afuera de la casa del líder petrolero, Ernesto Cerda Ramírez se agolpaban trabajadores eventuales, hijos o familiares de sindicalizados en espera de una plaza o algunos días de trabajo en la empresa Petróleos Mexicanos, la más importante de Reynosa.​

Un imberbe Pegaso aguardó durante dos días su turno hasta que le tocó entrar y ver en persona a «El Gato» Cerda, quien apenas unas semanas antes, en la ceremonia de graduación había dicho a los egresados del CBTIS 7: «Siempre estaré a sus órdenes para lo que se ofrezca».​

Y como a mí se me ofrecía la chamba, fui a verlo para que me diera una plaza, como ahijado suyo que era.​

«¡¿Quéeeee?!»,-me respondió con una cara de sorpresa, que pasó a ser de burla cruel.​

«El Gato» lanzó una risotada y me dijo: «¿Ves a todos esos que están ahí? Son hijos de petroleros que tienen más derecho que tú».​

Desde entonces, odio a los petroleros… bueno, más a los líderes.​

Tras ese episodio andaba yo muy triste volando por el centro de la ciudad, hasta que miré hacia arriba y vi aquel letrero que me marcó para el resto de mi vida: La Prensa.​

No lo pensé dos veces. A mí me gustaba escribir y entré a pedir chamba. Me la dieron, pero fue en el departamento de circulación, hasta que un año después me dieron la oportunidad de escribir notas para la sección de Río Bravo. Después me pasaron a las locales de Reynosa, donde me asignaron fuentes de poca relevancia, pero esa es otra historia, como dicen en la tele.​

Lo cierto es que odié a los petroleros.​

A nivel nacional, Joaquín Hernández Galicia, «La Quina», era el mandamás, el que ponía y quitaba presidentes de la República y Gobernadores.​

Afortunadamente «El Gato» dejó de robar oxígeno, se petateó, chupó faros y pronto fue sustituido por otros líderes igualmente nefastos, como Nicolás Ortiz Castro, Enrique Yáñez Treviño, Jorge Pulido Avendaño y Moisés Balderas Castillo.​

Cobijados por el sistema corrupto que aún prevalece en México, los dirigentes petroleros compiten en riqueza y poder con los grandes potentados árabes.​

Sus fortunas son incalculables, casi casi del mismo tamaño que el otro bandido de cuello blanco llamado Carlos Slim. ​

Ante ellos, la lana que han logrado acumular los cabecillas de los cárteles de la droga es como una mesada de colegial.​

Ese es el tamaño del poder que enfrenta el nuevo gobierno del país.​

La pregunta que todos nos hacemos es: ¿Podrá el Gobierno de AMLO con las lacras que han vivido de nuestro petróleo durante tantos años?​

Hay grandes espectativas. Los líderes petrocerdos no deben seguir en el poder. Hay suficientes elementos de prueba como para enviarlos al bote de por vida, qué digo al bote, a la silla eléctrica o a la horca.​

Ahí está también «El Bronco», Jaime Rodríguez, quien ya está afilando el hacha para mocharles las manos a todos los ratas del país.​

Los dejo con el refrán estilo Pegaso que dice: «Golpe contundente con arma cortante en forma de hoja, a ejemplar de Equus ferus caballus de arma blanca utilizada por los guerreros antiguos en batalla. (Machetazo a caballo de espadas).​

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